Psicología y logopedia infantil. Grupo Crece

Creciendo juntos es un proyecto de Grupo Crece donde cuidar la crianza. Ofrecemos temas de interés relacionados con la psicología, la logopedia y la educación donde padres, madres y educadores puedan compartir sus inquietudes


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¿Autoridad y aprendizaje emocional pueden ir unidas?

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Alrededor de los dos años de edad, los niños atraviesan la Fase de Individuación. En este momento de su ciclo vital se empiezan a percibir como un ser independiente de su madre. Es entonces cuando comienzan los famosos y rotundos “¡No!” como respuesta a cualquier petición que les hagamos. Es su forma de blindar lo que ellos empiezan a saborear como “sus propios placeres”.

O dicho con otras palabras, empiezan a fastidiarles (y mucho):

  • Nuestros Noes: “No te puedes subir ahí”, “No grites”, “No pegues a tu hermana”
  • Sus Frustraciones cotidianas: “Que una galleta se rompa si ellos la querían entera”, “Que un hermano no les preste algún juguete”
  • Y, especialmente, las Normas: impuestas por una figura de autoridad que para ellos tiene siempre el objetivo malintencionado de fastidiar sus momentos de máximo bienestar “Tienes que lavarte los dientes antes de irte a dormir”, “Tienes que recoger los juguetes antes de la ducha”, “Nos vamos ya. No te lo voy a repetir”.

Esta faceta de la crianza, en la que les vamos marcando límites es tan necesaria como ingrata.

Pero para ellos tampoco es ningún camino de rosas. Socialmente tendemos a infravalorar el impacto y el sufrimiento interno que para un pequeño de dos años (y en adelante) suponen estas primeras experiencias.

Requerimos de ellos unas dotes de capacidad de análisis, sumisión, pensamiento estratégico y autocontrol que no se ajustan a sus capacidades reales por el nivel de desarrollo cognitivo-abstracto de su corteza cerebral.

¿Estoy diciendo con esto que no son capaces de hacer todo lo que les pedimos? ¡Porque cuando quieren bien que escuchan y lo hacen todo rapidito para obtener lo que les interesa!

No. Estoy diciendo que para ellos no es fácil. Nosotros somos los adultos y por tanto los responsables de facilitarles la tarea de familiarizarse e irse acomodando al cumplimiento de determinadas normas sociales.

¿Cómo podemos acompañar a nuestros hijos a transitar esta Fase de una forma más agradable y constructiva para todos?

  • Empaticemos con ellos. Atrévete a pensar por un momento cómo te manejas tú con las imposiciones sociales en tu vida diaria. No olvides que ellos te observan constantemente y que tú eres su referente.

¿Las aceptas sin más?, ¿Te enfureces excesivamente?, ¿Expresas lo que verdaderamente sientes?, ¿Te cohíbes y dejas que otros impongan el rumbo que debes seguir por miedo a decepcionarles?, ¿Explotas con quien menos se lo merece por no haber podido expresar lo que necesitabas ante una figura de autoridad?

En muchos momentos nos podemos reconocer respondiendo “Sí” a estas preguntas. No es fácil, se tenga la edad que se tenga, “acomodarse” a los requerimientos sociales. Y a lo mejor, en algunos, no es ni sano ni necesario (pero esto como diría Javier Krahe, es otra canción).

  • Empaticemos con nosotros mismos. En las situaciones donde tienes que acatar las decisiones de alguna figura de autoridad, qué prefieres:

¿Que la persona que te está marcando los límites te trate con comprensión, firmeza y ternura o con agresividad (verbal, física) y frialdad? ¿Qué haya cierto margen para la negociación y la expresión de tus emociones o que se te obligue a estar callado? ¿Qué te permitan e incluso reclamen una visión crítica o que te exijan sumisión y obediencia?

Reflexiona sobre ello un instante con calma. Y ahora piensa, ¿para tus hijos querrías algo parecido a lo que tú necesitas como adulto? ¿Y no será su infancia un buen momento para comenzar a transmitírselo?

Ahora bien, si hemos llegado a las conclusiones de que para ellos no es fácil aceptar y gestionar las imposiciones, que no da igual el cómo lo hagamos para obtener un resultado u otro y que su hemisferio derecho, ligado al mundo emocional y creativo está más desarrollado que el izquierdo…

Permitamos a nuestros hijos que se enfurezcan honestamente ante nuestros límites. Pero acompañémosles de una forma controlada “entiendo que te sientas así pero no puedo dejar que me pegues…”, respetuosa “no lo has hecho nada bien, yo se que mañana lo vas a intentar hacer mejor, porque ya te he visto otras veces superarte y se que eres capaz” y empática “tienes que estar enfadadísima por todo lo que ha pasado” “yo si fuera tú estaría tristísima por lo que te han dicho”, es mucho más probable que nuestros pequeños”.

Es la forma más sana y adaptativa de lograr que:

  • Disminuyan la cantidad y la intensidad de sus rabietas. Así como muchos comportamientos posteriores, que quizá no asociamos con la forma en que las hemos gestionado, pero que son su forma de decirnos que no se han sentido bien tratados y que quieren que probemos la misma medina.
  • Adquieran un mayor autocontrol y capacidad autocrítica. Porque no necesitan defenderse. Te pueden escuchar, entender (aunque no compartan tu opinión) e interiorizar tus mensajes. Esto es en el fondo lo que todos los padres pretendemos, porque qué es criar sino conseguir convencerles de nuestros mensajes.
  • Tengan un buen concepto de sí mismos. Porque no estarán escuchando constantemente frases denigrantes y sin mensaje educativo ninguno, como “eres sordo o tonto, quieres que te parta la cara, me estás vacilando, tú te has creído que yo soy imbécil, que te calles y punto, nos vamos porque eres malo y no me extraña que ningún niño quiera ser tu amigo…y muchas otras lindezas que pueden parecer más sutiles pero que no por ello les resultan a los pequeños menos amenazantes o hirientes.
  • Exijan un buen trato a los demás. Porque han aprendido la vivencia de sentirse ”bien tratados”. De ser seres dignos de ser escuchados, tratados con respeto y eso será lo que busquen y también lo que proporcionen en la interacción con los demás.

¿Te parece una buena herencia emocional? Entonces merece la pena intentarlo. Confía en ti. Es cuestión de convicción, práctica y lo más importante, MUCHO AMOR (y esto tus hijos ya lo obtienen de ti cada día).

Nayra Herrera Vaquero

Psicóloga infantojuvenil y familiar

Grupo Crece

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Mi hijo es muy movido, ¿qué puedo hacer?

2b080-1400423199771Un niño tiene que estar en constante movimiento, “es lo que toca”, no lo hace por “fastidiar”. Creer que un niño tiene un problema por ser movido o que es un mal niño y se porta mal, es un error: algo natural y evolutivo en un niño o niña se comprende mal y podemos estar perjudicando a ese niño por no saber como educarle y adaptarnos a él. Es necesario encontrar una sintonía emocional con el hijo, entendiendo su peculiar forma de comportarse y usar un conjunto de rutinas y otras estrategias educativas para estimular su autonomía y su desarrollo.

Vamos a daros algunas ideas para ayudar a vuestro hijo, para que consiga un mejor control de sí mismo, potenciar su confianza, autoestima y así pueda aprender a presentar una conducta más adecuada y aceptable para los demás.

 

1. Aspectos básicos:

El niño “movido o despistado” tiene que saber, en primer lugar, que es lo que vosotros y el resto de las personas mayores, que le rodean, esperáis de él. Debe saber que todos se comportaran con él de la misma manera y que no habrá diferencias entre los adultos que estáis a su cuidado. Por esto, es conveniente que consigáis un acuerdo entre todos de como vais a manejarle, qué cosas vais a tolerar y dejar pasar y qué cosas vais a exigir. Aquellos de la familia que tengan menos relación con el, también es necesario que cumplan las exigencias que se derivan de este acuerdo. La constancia y la coherencia son básicas.

 

  • No os enfrentéis con él, intentad distraerlo cuando hace cosas que vosotros creáis que son inapropiadas o inoportunas. Procurar estar siempre lo más relajados que podáis y reaccionar siempre con calma. Recordad, si perdéis el control, ¡estamos perdidos!
  • Animadle y aconsejadle para que aprenda entretenimientos, juegos y otras cosas con las que pueda distraerse fácilmente. Si lo conseguís, puede seros de gran ayuda.
  • El último objetivo es llegar a conseguir conversar con él y poder hablar tranquilamente para intentar negociar sus comportamientos y de qué forma podéis (él y vosotros) conseguir la conducta más apropiada. Esto es siempre lo más eficaz y resulta mucho más útil que enfrentarse continuamente en peleas infructuosas e incómodas.

2. Ayudarle a escuchar

  • Ponte a su altura y conseguir que mire a los ojos (girarle la cabeza, cogerle la barbilla, etc.).
  • Necesita órdenes o instrucciones cortas y sencillas.
  • Dadle una cosa a hacer cada vez.
  • Hacedle repetir la orden que le has dado para hacer, después de habérsela dado.
  • En ocasiones no siempre oye lo que le decimos y puede que se distraiga o se le olvide a mitad de camino. Paciencia.
  • Ofrecedle un buen modelo de escucha activa, reflexiva y empática.

3. Revisar los límites:

  • Reducid el nivel de exigencia y ser más flexibles . Evitar el uso recurrente del “no”.
  • Anotad aquello que es importante insistir y aquello de lo que se puede prescindir ignorándolo (cosas más intrascendentes).
  • Aprended trucos para distraerlo en situaciones difíciles, peligrosas, conflictivas: tener a mano una lista de ideas preparadas, cajón de juegos u objetos, etc.
  • Dadle avisos previamente.
  • Hacedle partícipe en tareas cotidianas planificando una gratificación.
  • Apartadle de vosotros durante unos momentos ante situaciones límites de tensión en un conflicto.
  • Facilitaros un descanso y favoreced un cierto enfriamiento para ambos: “Rincón de la calma”.
  • Elogiadle y alabadle las conductas positivas, correctas y adecuadas (reforzar lo que hace bien no sólo corregir lo que hace mal): “Lista de cualidades positivas”.
  • Encontrad recompensas apropiadas: claras y evidentes, entregadas inmediatamente después de la acción. “Lista de cosas que más le gustan”. La “atención” es uno de los reforzadores más potentes para los niños.
  • Reglas explícitas, simples y directas para que las comprenda, y positivas para estimularle a que colabore en lugar de castigarle por incumplirlas.
  • Comenzad en las etapas fáciles que presentan problemas menores: concentrarse en un solo problema por vez.
  • Permitid que el niño se desahogue y queme su energía: buscar espacios (acotados o libres).

4. Ayudarle a concentrarse:

  • Potenciad juegos en familia: conseguir que permanezca con vosotros jugando cada vez más tiempo.
  • Aumentad el tiempo de dedicación a estos juegos.
  • Utilizad juegos que favorecen “estar atento”: hacer una lista de cosas que más le gusten para trabajar con ellas (puzles, dibujos, pinturas, cuentos, libros, números, símbolos…).
  • Realizad  los juegos y dinámicas de relajación creativa.
  • Animadle a hacer cosas por sí mismo: empezar con él algún tipo de actividad y dejarle que termine solo.
  • Al principio ofrecedle tareas que requieran poco tiempo: ayudarle con relojes (analógicos, digitales, de arena) o cronómetros para medir tiempos cortos. Lenta y sucesivamente se va aumentando el tiempo de dedicación.
  • Configurad un ambiente estructurado: estructurar y planificar el tiempo de manera que sea posible alternar secuencias de actividad-tranquilidad.
  • Reforzad, animad y elogiad cada momento de concentración por pequeño que sea.

5. Los despistes:

  • Organización y planificación previa: ayudarle a recordar tareas, obligaciones y responsabilidades.
  • Control ambiental: señales y recordatorios (pegatinas, relojes con alarma, papel adhesivo de distinto color) para clasificar y asociar a las diferentes tareas y deberes que ha de realizar. Colocad estas marcas en lugares visibles y frecuentados por el niño.
  • Supervisad con frecuencia y reforzad (elogios, halagos, puntos…).
  • Observad más allá de lo que vemos: si el niño anda más despistado de lo normal quizá esté teniendo periodos de estrés, cansancio, irritabilidad, etc.

6. Problemas para irse a dormir:

  • Dadle avisos y estimuladle con consecuencias positivas.
  • Realizad los preliminares de forma regular y convertirlo en ritual: lavarse los dientes, preparar la ropa del día siguiente, abrir la cama…
  • Relajarse antes de irse a dormir: ritual y modelo regular para las noches. Cuentos relajantes que despierten su atención mientras le acariciamos o damos un masaje.
  • Terminar el día con algo positivo: contarnos algo agradable.

¡Ojo! que:

Es muy fácil sentirse frustrado porque no progresan lo que nos gustaría y enfadarse con ellos. Aceptar que nuestro hijo sea movido y despistado y que no se trate simplemente de travesuras puede ayudar a admitir sus comportamientos difíciles y a facilitar la convivencia.

Cada familia funciona de manera diferente y no existen reglas universales para educar, es probable que hayáis recibido muchos consejos sobre cómo disciplinar a vuestros hijos, la mejor guía es hacer simplemente lo que resulta más efectivo para vosotros y para vuestro hijo por lo tanto, estas sugerencias no pretenden convertirse en reglas, no reemplazan vuestro buen hacer ni vuestra sabiduría y tampoco intentan sustituir una ayuda profesional de acuerdo con las necesidades individuales del niño.

Susana Paniagua Diaz

Psicóloga educativa

Grupo Crece

 


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Educar sin gritar… ¡es posible!

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“¡Niño, deja ya de joder con la pelota! ¡Que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca!”…  Así recogía Joan Manuel Serrat la manera en la que nos dirigimos y asumimos la educación de “esos locos bajitos”, como los llama en su célebre canción. Y, en efecto, tanto en el ámbito escolar como en el familiar, es frecuente responder con el grito a todas las acciones de los niños que se escapan a nuestro control o a nuestra manera de entender los límites del comportamiento socialmente aceptado. Entre todos, hemos convertido al grito en un elemento central en la educación, enseñando a los niños a portarse bien para evitarlo y a aceptar solamente aquellos límites que se imponen con él.

Es evidente que los límites son un elemento necesario en la educación y la salud mental de los pequeños,  pero si solo se establecen por medio de gritos, estamos perdiendo de vista otras maneras más efectivas y racionales de educar, y pecando de una rigidez y un reduccionismo que no nos benefician como padres y como educadores.

Adquirir nuevas actitudes en la forma de relacionarnos y educar a los niños, y, a la vez,  adaptar nuestras respuestas de un modo flexible a su comportamiento, variando el tono y el modo en el que nos dirigimos a ellos, reforzará nuestra figura de autoridad y nos mostrará como ejemplo de cómo abordar los problemas desde la razón, la contención y la templanza, no desde el descontrol que el grito lleva implícito.

Empatizando, validando, conteniendo, manejando los tiempos y negociando con nuestros hijos, manejaremos los conflictos desde un lugar en el que la relación padre/madre – hijo/hija saldrá reforzada.

  1. Empatizar, es decir, entender la posición, las motivaciones o el punto de vista desde el que nuestros niños actúan, nos ayudará a comprender muchas reacciones que desde nuestra perspectiva de adultos nos pueden parecer inadecuadas. Un ejemplo de empatía sería “Entiendo que quieras comer más chuches, ya has comido suficientes y no quiero que te pongas malito”.
  2. Validar la emoción que está empujando a nuestro hijo a actuar de una determinada manera, poniéndole nombre a lo que está sintiendo y quizá no esté sabiendo identificar, ayudará al niño en su desarrollo emocional y será una magnífica base desde la que aprender a manejar y gestionar sus emociones. Un ejemplo de validar serías “Veo que te ha enfadado mucho lo que te ha pasado en el cole, ¿quieres que hablemos de ello?”
  3. Contener las reacciones desmesuradas en las que el niño pueda dañarse, dándole alternativas desde la protección y la preocupación para expresarse sin ponerse en peligro, es una manera de acompañar al niño en los momentos en los que necesita una ayuda para manejar sus emociones y sensaciones, favoreciendo un vínculo sano entre padres e hijos.  Para ello tendremos que mantener un contacto visual y corporal con el que ayudemos al niño a contenerse y a expresarse de manera calmada y controlada.
  4. Manejar los tiempos y nuestras propias emociones cuando tratamos con los niños es una manera de demostrarles respeto y permitirles desarrollar su autonomía. La falta de tiempo que gobierna nuestro día a día nos hace imponer nuestros ritmos  a los peques sin tener en cuenta sus necesidades. Pararnos a respirar y plantearnos si nos estamos poniendo nerviosos porque nuestro hijo se ata muy lento los zapatos, o si es porque nosotros no tenemos tiempo para permitirle automatizar la lazada, nos evitará manejarnos desde la rabia con el niño.
  5. Negociar y llegar a acuerdos comunes favorece el encuentro entre padres e hijos. Es una manera, además, de ofrecer a los pequeños un entrenamiento en empatizar, conectar con sus necesidades, generar alternativas y tolerar la frustración. Para ello nos ayudará tener claro qué aspectos de la educación estamos dispuestos a negociar y cuáles son nuestros límites, además de tener una actitud abierta y flexible a las propuestas de nuestros hijos.

Al establecer límites desde estas posiciones apostaremos por una relación en la que el respeto entre padres e hijos o entre niños y adultos tendrá un origen sano y genuino y evitaremos inculcar una forma de respeto basada en el miedo.

Sara Ferro Martínez

Psicóloga y coach

Grupo Crece